Va a leerse muy cliché pero Kenny y yo hemos encontrado nuestro Gurú. Digamos que no lo buscamos, si no que él nos encontró. He aquí la historia de este encuentro.
Desde mucho tiempo atrás de llegar a la India, K y yo sentíamos que aprender yoga durante nuestro tiempo en Bangalore era algo obligatorio. Ya ambos éramos yogis citadinos en Washington y cuántas veces escuchamos a nuestros compañeros yogis decir que habían estado en tal o cual instituto de yoga, en tal y cual lugar de la India. Miles de personas vienen a la India cada año en búsqueda de una práctica más profunda o más pura, y es así que no estábamos dispuestos a dejar pasar esta oportunidad.
Nuestra primera semana en Bangalore transcurrió buscando alternativamente una nueva casa y una clase de yoga. Después de algunas llamadas a distintos lugares recomendados por el buscador askleila.bangalore.com, dimos con la primera clase de yoga Iyengar.
El día de la clase, había quedado con K de encotramos ahí, pues él se fué directametne del trabajo. Llegué tarde porque el chofer de mi autorickshaw se perdió. Esto es algo común en la India si no sabes exactamente dónde queda el lugar al que vas. El chofer espera que tu conduzcas con la mente y mientras él conduce sólo con las manos. Al fin, llegué al estudio 15 minutos tarde. Era una casa particular, con unas escaleras en el patio que daban a una habitación en el segundo piso. Abrí la puerta, y ví un salón amplio pero sumamente lleno. Toda la gente, excepto Kenny, era india. Las edades, de todas. Las formas, también. Me llamó la atención la ausencia de tapetillos o "yoga mats" que no pueden faltar en ninguna clase del occidente. El hecho que las mujeres usaran saris para hacer yoga, en lugar de pants y sofisticados tops que se venden por pequeñas fortunas en las tiendas de especialidad en Nueva York, me causó un poco de risa interna. El ambiente era muy relajado, familiar. El profesor no paraba de hablar y hacer chistes en todos los idiomas: inglés, hindú, kanada... Fue el primero en dirigirme la palabra y hablarme directamente en español: "¡Ahí estás Ana, por acá! Toma este lugar, aquí." Cómo supo que el español era mi lengua materna, nunca lo sabré! Y cómo aprendió español, pues tampoco! Sin duda, Kenny le había dicho mi nombre y que estaba tarde, pero pocos son los indios que saben que el español existe. Menos aún que Mexico es un país. Al escuchar mi lengua en un lugar tan remoto y cuando menos lo esperaba, me brincó el corazón. Después de una semana de sentirnos en un lugar tan diferente, donde nadie te conoce, donde no eres nadie, fue como recibir cariño. Así que entré al salón feliz, tomé algunas sábanas, bloques de madera y almohadas -todo el kit necesario para alinear el cuerpo- y me dediqué a mimetizar las posiciones de la gente a mi alrededor. El profesor iba guiando las posiciones (asanas) en varios idiomas y entre bromas con cada uno de nosotros. Su técnica era muy personalizada pues se acercaba a cada uno de nosotros a corregir la postura. Las posiciones me parecían algo simples. Incluso tuvimos que usar una silla plegable de metal para algunos de ellos y me parecía algo extraño. Sin embargo, después de una hora de muchos estiramientos mi cuerpo estaba muy adolorido. Al final platicamos con el profesor y concluimos que fue una clase interesante. Era evidente que nuestros cuerpos están chuecos y que continúan enchuecándose más con nuestros hábito diario de la postura. Sin embargo, no volvimos a esa clase. Algo faltaba. El español no fue suficiente buen marketing ni el módico costo de 200 rupias por mes (como 4 dolares) lo fue tampoco.
Seguimos buscando y días más tarde otra llamada de teléfono nos llevó a conocer al Dr. A.
Lo que nos causó la primera buena impresión es que quisiera conocernos antes. Así, esa misma tarde fuimos a su estudio. De nuevo, el lugar estaba en un segundo piso, en una terraza que da prácticamente a una de las avenidas más transitadas de Bangalore. Mi primera reacción al darme cuenta de esto fue de rechazo pues no me entusiasmaba la idea de ir a yoga y respirar el humo de los coches o escuchar el ruido de las motos y los claxon. Estaba pensando esto cuando apareció el Dr. A. Me pareció algo mayor (pero no tan mayor como es en realidad) y con una vivacidad en sus ojos intrigante. Nos llevó dentro del estudio. Un cuarto muy sencillo con tapetes de bambú. En él colgaban algunos pósters de gurús, flores, y sobre todo un póster grande indicando las chakras en el cuerpo humano. Primero nos preguntó cuál era la intensión de aprender yoga. Sinceramente no supe contestar. Es como una respuesta que ya había olvidado tiempo atrás. Kenny respondió de forma muy práctica. Hablamos del costo de la clase y nos parecía muy caro: 200 dólares por mes. Pero a pesar de ello, en los 15 minutos que pasamos ahí, el Dr. A. ya me había convencido que la yoga tenía un fin (el cual no era la flexibilidad como había pensado por mucho tiempo) si no el fortalecimiento del cuerpo, la lucha contra la enfermedad, la vejez y la muerte. Su plática introductoria me pareció tan interesante y a la vez me dió miedo. Aceptar ser alumnos de él significaría levantarse muy temprano, bañarse con agua más fría, cambiar la dieta, y mucha práctica, incluso a veces por la tarde. Kenny y yo pedimos unos días para pensarlo. Sobre todo, la idea de levantarnos temprano nos dió miedo, más que pagar 200 dólares al mes, que en India es una fortuna. Sin embargo, ahí estuvimos todos los días por una semana. Algo pasó en nosotros que salió a flote nuestra fortaleza interna. Desde que fuimos esa tarde, hemos faltado sólo los días que estamos viajando. Los demás, empezamos a las seis caminando por las calles todavía tranquilas de nuestro barrio hasta llegar a la casa de nuestro guru (maestro). Es un recorrido muy bonito pues saludamos a las vacas y bisontes que comen la basura de la esquina; al perrito cojo que lo amarran afuera mientras su dueña limpia la casa; vemos a las mujeres arreglando las flores para la puja de la mañana en los templos del barrio; vemos a los vendedores de frutas y verduras acomodar sus productos en sencillas carretillas de madera. En India, el día empieza mucho más temprano y nos estábamos perdiendo de esta parte tan importante de la vida aquí.
En la clase siempre hay poca gente. Por lo general, los de nivel básico siempre están afuera, y la gente más avanzada en el salón. Esto lo vuelve algo misterioso pues nosotros no podemos ver la práctica de las personas en el salón. Incluso, las primeras dos semanas fueron muy desconcertantes porque Dr. A. sólo nos enseñaba ejercicios que nos parecían más bien de calentamiento. Nosotros pensábamos que ésa era la yoga y estuvimos a punto de desistir. Hasta que después de dos semanas al fin dijo: "Ahora sí, mañana les enseño yoga". Y Kenny y yo queríamos reírnos! Nos había estado probando para ver si veníamos todos los días y ver si nuestro compromiso era verdadero. Esta enseñanza, como entenderíamos días después, había que ganársela. El yoga kundalini es una técnica muy secreta del yoga que sólo se va develando poco a poco al alumno. También nos enteramos por un alumno de la clase que Dr. A. es muy reconocido y que gente de Canadá viene exclusivamente a aprender con él. También nos dijo que no cobra por sus clases, lo de los 200 dólares era parte de la prueba de compromiso (al menos eso creemos pues ni nos ha cobrado ni hemos vuelto a hablar del asunto).
A un mes de recibir esta enseñanza, ya puedo sentir los efectos. Mi mente está más concentrada y mi corazón más tranquilo. Hemos superado la prueba de levantarse temprano y vimos que no es tan difícil. Sabemos que sólo es el comienzo pero lo que aprendamos será algo que podamos llevar con nosotros por siempre.
Viendo al pasado y recordando mis clases de yoga en Washington, me admira la magnitud de la diferencia entre mis clases de yoga allá y las de aquí. Allá todo era sobre verse bien, hacer mejor la posición, levantarse de cabeza, fluir. Aquí, es todo sobre la concentración. Leyendo un poco me dí cuenta que el yoga que se aprende en el mundo occidental es sólo un tipo de yoga llamado Bikram-Viñasa el cual ha sido modificado al gusto de los occidentales. De hecho, algún gurú californiano patentó las asanas de su práctica para poder cobrarle al mundo una técnica que es sólo modificada de la práctica antigua. "Oh well..." al menos aquí en India, la cuna de esta práctica, las patentes de la yoga no existen. El acceso a esta enseñanza no se determina por la falta de un "yoga mat" o la falta de dinero para pagar la clase, si no por la falta de voluntad y fortaleza. Namasté!
Wednesday, March 18, 2009
Subscribe to:
Post Comments (Atom)

Me gusta muchísimo esta entrada, Annie; de alguna manera pude imaginarlos en busca de gurú. Qué bueno que lo hayan encontrado, y que estén viviendo todo esto que comparten aquí. Muchos besos. Ale.
ReplyDeleteAnnie, qué linda historia!!!!! Me encantó, m lo imaginé perfecto! Es increíble que a meses de que comenzaron este blog, apenas esty leyendo... por algo son las cosas. Me das mucha inspiración, soy tu FAN en serio...
ReplyDelete